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Enviado por GINECOLOGA. 355 puntos. Leido 31 veces
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El trabajo en cuestión consistía en pertenecer a una “organización” que se dedicaba a facilitar la adopción de niños recién nacidos a parejas solventes que no querían ó no podían tenerlos y estaban dispuestos a pagar espléndidamente por ello. Lo que la gente desconocía es que las criaturas se engendraban en el mismo local en que se realizaban el resto de los trámites puesto que disponía de varias habitaciones que, todos los días y sobre todo los fines de semana, se encontraban ocupadas por ciertas hembras que, a cambio de una sustanciosa cantidad de dinero, se convertían en “vientres de alquiler” sabiendo que, en cuanto los parieran, no volverían a ver ni a saber nada de los críos.
Durante algo más de dos meses, tres guapas aunque un tanto posesivas jóvenes llamadas Elena, Raquel y Susana que se convirtieron en mis jefes, pudieron comprobar que mi pilila alcanzaba unas dimensiones y un tamaño más que aceptables; que mis eyaculaciones eran abundantes y que echaba una gran cantidad de chorros de blanca y espesa leche; que, inevitablemente, me meaba cada vez que me sacaban dos polvos seguidos y que tanto mi potencia sexual como mi poder de recuperación eran los más idóneos para aquel menester. Pero, antes de llegar a tal conclusión, se tuvieron que hartar de “cascármela” y hubo mañanas en que me hicieron echar hasta cinco polvos. Me la solían mover, generalmente, tumbado en una mesa y colocándose entre mis abiertas piernas sin que nunca me faltara el estímulo de sus masajes prostáticos puesto que, unas veces enfundados en guantes de látex y a otras “a pelo”, me introducían dos ó más dedos en el culo y me hurgaban con ellos a conciencia mientras me meneaban la pirula. En varias ocasiones y cuándo consideraban que estaba a punto de “explotar” me ponían lo que denominaban el “sacaleches”, que era un aparato que, metiéndome una fina varilla por la “boca” del pito, me succionaba los huevos hasta sacarme la última gota de semen haciéndome sentir que estaba eyaculando una vez tras otra con lo que el gusto resultaba continuado e intenso hasta que, al quedarse vacíos, la polla quedaba convertida en un colgajo cosa que, como me explicaron la primera vez, era normal aunque no tardaba en recuperar sus dimensiones habituales en cuanto los cojones comenzaban a reponer semen. La lefa que me sacaban con tal aparato, que utilizaron conmigo en distintos días de la semana y a diversas horas, la mandaban analizar para verificar que, además de ser abundante, tuviera mucha calidad. Los análisis siempre calificaron mi “cosecha” de excelente ó superior. Algunas ocasiones me hicieron ponerme a cuatro patas para forzarme el culo mientras miraban la evolución de mi rabo y más de una vez y sin importarlas emplear todo el tiempo que fuera necesario, continuaron hurgándome hasta que pudieron comprobar que, sin apenas tocarme ni moverme la verga, aquellos estímulos anales eran más que suficientes para que acabara eyaculando y de una manera larga y espléndida en cantidad. Cuando superé aquel proceso selectivo Raquel me indicó que mi misión, al igual que la del resto de los hombres inmersos en aquello, era la de fecundar a las mujeres por lo que me pasaba buena parte de las mañanas y de dos a tres horas la tarde de los viernes y domingos de habitación en habitación follándome a un buen surtido de féminas, la mayoría de ellas inmigrantes con una imperiosa necesidad de dinero, debiendo de echar a cada una un único polvo y extraérsela en cuanto sintiera que me iba a mear para que la soltara mi pis en el exterior del chocho, en las tetas ó la boca. Cada habitación disponía de un circuito cerrado de televisión con el que nos tenían controlados sin que se nos permitiera hablar más de lo preciso con las hembras ni que nuestra conducta sexual fuera más allá de lo estrictamente necesario para el propósito que se pretendía por lo que no las dejaban que me chuparan la chorra más que lo imprescindible para ponérmela bien tiesa ni que las tocara el coño y las tetas más allá de lo preciso para que se mojaran vaginalmente. Pero, aunque pretendían que siempre me las tirara tumbado sobre ellas, no solían decirme nada cuándo lo hacía en otras posiciones ó cuándo las hurgaba en el culo con mis dedos durante el acto sexual. Eso sí, un poco después de “descargar” tenía que sacársela, aunque no tuviera ninguna necesidad de hacer pis, para no tardar en levantarme, limpiarme, vestirme y salir de la habitación disponiendo de una hora antes de volver a ocupar esa ú otra estancia con una nueva mujer. Además de pagarme el equivalente a seis Euros por cada polvo que echaba, aquella fue una época en la que, al no decirme nada por ello y al gustarlas a la mayoría de las féminas que la había usado que me sintiera tan atraído por su ropa interior, me hice con un completo y variado surtido de prendas íntimas, con profusión de tangas, con las que me decidí a decorar las paredes de las habitaciones y del salón del domicilio de Ana Rosa.
En la “organización” los fecundadores íbamos por libre a lo nuestro por lo que apenas existía comunicación entre nosotros pero hice amistad con Tamara pensando que era una de las hembras que acudía allí con fines reproductores hasta que descubrí que iba a echar la leche en vez de a recibirla puesto que se trataba de un transexual que daba perfectamente el pego y que, aunque en reposo, tenía el cipote pequeño y fofo, se le ponía con facilidad bien empinado hasta el punto de que, como pude comprobar, sus dimensiones eran similares a las del mío y que, aunque sus eyaculaciones no fueran tan abundantes y largas, también se meaba después de echar dos polvos seguidos. El joven me explicó que era español y que, cuándo nació, le pusieron el nombre de Alvaro pero que, siendo muy joven, tuvo que trasladarse con sus padres a un país de América Central en el que sus progenitores habían encontrado un buen trabajo. Al quedarse huérfano, tras sufrir un accidente de tráfico en el que fallecieron sus padres, un acomodado hacendado llamado Aureo, amigo de la familia y propietario de un buen número de negocios, le acogió en su mansión tratándole como un hijo más e intentando en todo momento que no le faltara de nada. Pero Aureo, al descubrir que se encontraba magníficamente dotado, le hacía permanecer a su lado todo su tiempo libre totalmente desnudo para poder verle, tocarle y “cascarle” el nabo siempre que le apeteciera. Como agradecimiento por su buen comportamiento y obediencia, le brindó la posibilidad de que, en su presencia, se pudiera cepillar a una de las sirvientas de la mansión que era tan adepta al sexo que nunca se oponía a que la jodieran. Pero Aureo, un poco cansado de fecundar a mujeres, habiendo tenido dieciocho hijos con once féminas, decidió mantener una relación casi marital con él de manera que pudieran “cascarse” mutuamente el pene, chupárselo e incluso, darse por el culo. Pasados unos años, Alvaro le comentó que, si exceptuaba a la criada a la que había dejado preñada en dos ocasiones y en ambas Aureo la dio una gratificación económica a cambio de abortar, llevaba mucho tiempo sin “comerse una rosca” con las hembras y el hombre le contestó que si quería tener éxito con las mujeres debería de convertirse en una de ellas. El joven pensó que Aureo tenía razón y como su amante y protector estaba dispuesto a correr con todos los gastos, pocos meses más tarde cambió de sexo para convertirse en Tamara, lucir unas grandes tetas y comportarse y vestir como una fémina con lo que su actividad sexual comenzó a incrementarse de la misma forma que mejoraba su aguante y potencia sexual tanto en la práctica homosexual como hetero puesto que a nada hacía ascos. Reconocía que todos los hombres y las hembras con los que se acostaba por primera vez se llevaban una gran sorpresa al encontrarse con su gran picha pero que, desde que se operó, nunca le habían faltado personas de ambos sexos bien dispuestas a chupársela hasta la extenuación ó a que les diera repetidamente por el culo ni, en el caso de las mujeres, a permitir que las poseyera por delante y por detrás. Al fallecer Aureo, que se fue al otro mundo bien servido analmente por Tamara y no llevarse demasiado bien con la última fémina con la que el hombre se había casado decidió volver a España en compañía de una bella y joven estudiante con la que mantenía relaciones sexuales regulares. Aunque no tardó en encontrar trabajo, la chavala no acabó de aclimatarse y tuvo que regresar a su país de origen por lo que Tamara empezó a ofrecerse para poder realizar tríos con parejas jóvenes de manera que, una vez que la hembra se la chupaba, daba por el culo primero al hombre mientras este se cepillaba a la mujer, después a la chavala y más tarde, si el otro joven disponía de la suficiente potencia sexual, penetraban al mismo tiempo a la chica por delante y por detrás e intercambiaban con frecuencia de agujero. Una de aquellas parejas le habló de la “organización” y desde entonces, estaba vaciando allí sus huevos a diario durante su tiempo libre con el aliciente que para las féminas representaba el descubrir que debajo de su ropa y de su tanga escondía una espléndida pilila y unos gordos cojones. Además de su actividad sexual en la “organización” había acabado liándose con una hembra de nacionalidad cubana, que estaba casada con un español, con la que se encontraba todos los días en una vivienda que carecía de todo tipo de mobiliario y era propiedad del marido de la mujer que se prodigaba en chuparle la pirula antes de que se la “clavara” y con saña, por delante y por detrás. Varios días me animó a acompañarle para que la conociera, nos chupara el pito mientras mantenía los dos juntos en su boca y poder penetrarla al mismo tiempo por sus agujeros vaginal y anal pero nunca me decidí. Un día dejó de ir a la “organización” y lo único que llegué a saber de él, a través de las gestiones que se hicieron para localizarle, fue que no había regresado a la pensión en la que se alojaba y estaba en paradero desconocido desde que una noche el marido de la fémina cubana les pillara retozando en la habitación del matrimonio al volver de su trabajo antes de tiempo por haber devuelto y encontrarse mal.
Entre las hembras perceptoras del semen masculino había varias que me gustaban pero, desde que la conocí, me sentí especialmente atraído por Andrea, una joven de cabello rubio, que según me comentó Susana una mañana mientras dábamos cuenta de un café y de un pincho de tortilla en un bar cercano, después de un corto matrimonio repleto de violencia física y psíquica se había separado y quedado sin trabajo casi al mismo tiempo y al no encontrar otra ocupación laboral más digna había decidido entrar a formar parte de la “organización” puesto que necesitaba el dinero para, en un futuro no demasiado lejano, poder alimentarse y pagar el alquiler de la casa en la que vivía. Se trataba de una chica alta y delgada que me agradaba tanto que, al principio, la sacaba la polla al sentir el gusto previo a la eyaculación para echarla la leche fuera de la seta y no dejarla preñada pero no tardé en darme cuenta de que me estaba privando de las delicias y la exquisitez que suponía el poder “explotar” en el interior de su almeja mientras los demás la soltaban la lefa dentro con lo que cualquiera de ellos podía hacerla un “bombo” por lo que, además de repetir la mayoría de los días con ella, empecé a hacerlo así y preocupándome de que la eyaculación se produjera con mi rabo totalmente introducido en su chocho. Como no podía hablar con ella abiertamente, un día, después de que me dejaran echarla dos polvos seguidos para terminar meándome en sus tetas, me decidí a meterla una nota en la copa derecha de su diminuto sujetador, que estaba tirado en el suelo, diciéndola que quería hablar con ella para lo cual la facilitaba el número de teléfono del domicilio de Ana Rosa. La joven me llamó al mediodía y a última hora de la tarde nos entrevistamos en una cafetería. La dije que pretendía sacarla de aquello antes de que la dejaran preñada y Andrea, con una sonrisa un tanto forzada, me contestó que llegaba un poco tarde ya que estaba embarazada de casi tres meses y que, aparte de obligarla a seguir dejando que nos la folláramos para poder tenerla controlada hasta el momento del parto, necesitaba el dinero que iba a recibir cuándo diera a luz. Aunque al principio dudó, logré convencerla para que pasara las veladas nocturnas con Ana Rosa, Sonia y conmigo lo que, hasta que parió, me permitió prodigarme en darla por el culo que era algo que deseaba pero que no podía hacer en las sesiones sexuales que mantenía con ella en la “organización” y que a la joven, en su estado, la complacía y gustaba sobre todo porque tenía hemorroides y se encontraba bajo los efectos de un estreñimiento crónico y cuándo se la “clavaba” por detrás, además de tirarse un montón de pedos, la facilitaba el poder vaciar por completo su intestino aunque fuera a través de unos incómodos y molestos procesos diarreicos. En otras ocasiones y tras dejar que me chupara la verga con esmero y ganas, me la tiraba vaginalmente casi siempre colocada a cuatro patas.
Continuará.
Relato enviado el Viernes, 16 de Julio de 2010 y leido 31 veces.
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