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LA PROFESORA CON LA QUE ME LIE SEXUALMENTE (Parte diez).

Enviado por GINECOLOGA. 355 puntos. Leido 40 veces

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El poseer a Ana Rosa de aquella manera y ver que cada día la gustaba mucho más que no dejara de insultarla durante el acto sexual y que, incluso, me mostrara bastante sádico con ella ocasionó que me decidiera a plantear a Nuria la necesidad de llegar un poco más lejos con sus habituales pajas indicándola que, cuándo menos, tendría que chuparme la pilila y aunque aceptó y supo darme bastante gusto con ello, se limitaba a introducirse en la boca poco más que la punta. Cuándo me decidí a forzarla para obligarla a metérsela entera me encontré con que, al igual que Ana Rosa, echaba una gran cantidad de saliva que me resultaba gratificante pero, enseguida, comenzaba a sufrir arcadas y náuseas para no tardar en devolver. Nuria lo justificó diciéndome que nunca había comido la pirula a ningún hombre y que, aunque la gustaba beberse mis meadas, entendía que era antihigiénico a cuenta del fuerte y penetrante olor a lefa y a pis que llega a adquirir el pito masculino. Me lo siguió chupando a su manera sin que fuera demasiado habitual que me dejara echarla la leche en la boca y al cabo de unas semanas la indiqué que me gustaría follármela por vía vaginal y anal a lo que me contestó que la repugnaba la simple idea de tener a un hombre tumbado sobre ella, con la polla bien introducida en su chocho y ardiendo en deseos de llenárselo de leche y que, en cuanto a lo de poner el culo a mi disposición, ni se lo planteaba.



Cuándo comenté con Ana Rosa lo que la profesora me había dicho, me indicó que Nuria siempre había tenido una tendencia sexual claramente lesbica pero con ciertos matices puesto que no hacía distinciones de sexo a la hora de que la comieran el coño de la misma forma que se “ponía” al hacer unos completos, exhaustivos y largos fistings vaginales a las mujeres y extrayendo la mayor cantidad posible de leche a los varones moviéndoles el rabo y que podía darme por satisfecho si había conseguido que, aunque fuera de una manera un tanto atípica y rara, llegara a chupármelo con cierta regularidad.



A cuenta de la frecuente y muy intensa actividad sexual que mantuve durante todo el curso con Ana Rosa y Nuria no dispuse de mucho tiempo para estudiar. Los exámenes parciales los había ido superando por los pelos y al llegar los finales me esperaba más de un suspenso pero, cuándo nos dieron las calificaciones, estas fueron excelentes. Nuria, a medida que las iba leyendo, me miró, me sonrió y me guiñó el ojo derecho con lo que delató que era la artífice de tales resultados.



Aquello hizo que mis progenitores no me pusieran la menor pega cuándo les pedí una aportación económica extraordinaria, con el compromiso formal de reintegrársela, para acompañar a Ana Rosa, que hizo frente a los demás gastos que originó la estancia, durante veinte días a un conocido y frecuentado lugar de veraneo. Como la chica había estado unos años antes y lo conocía, la primera noche me llevó a una discoteca en la que se celebraba lo que denominaban “la fiesta de la lencería y de la ropa interior” en la que todo el mundo estaba obligado a lucir sus prendas íntimas. Aquello me pareció un paraíso con tanta preciosidad, la mayor parte extranjeras, en sostén y braga ó tanga y con la piel tostada por el sol. A medida que la noche avanzaba mis ojos pudieron recrearse viendo a varias féminas con sus tetas al aire, luciendo ropa interior transparente lo que me permitía deleitarme mirando sus encantos ó sencillamente, con la parte textil del tanga separada de la seta y el culo para poder exhibir su zona más íntima y se la pudiéramos ver. Pero Ana Rosa no me dejó disfrutar mucho de aquel espectáculo ya que después de observar que una joven, que creo que era de nacionalidad nórdica, se quitaba el tanga y se acomodaba encima de mi con el propósito de ponerme la verga más dura, gorda y larga de lo que la tenía antes de despojarme del calzoncillo con su boca y colocarse en posición para hacerme una cabalgada decidió que abandonáramos el local sin dejarme consumar aquel contacto sexual para dirigirnos a la habitación del hotel donde sacó buen partido de mi “calentón” vaciándome los huevos a base de cabalgarme y chuparme la chorra para acabar la velada penetrándola por delante y por detrás colocada a cuatro patas. Después de “descargar” y en cantidad, en sus dos agujeros y de que Ana Rosa tuviera que usar el “trono” para defecar copiosamente, mientras me meneaba lentamente el cipote con su mano me indicó que durante el día me iba a permitir que me tirara a todas las hembras que quisiera pero que por la noche mi nabo, mis cojones y mi leche debían de ser exclusivamente para ella.



A la mañana siguiente y tras dormir poco, Ana Rosa me realizó una de sus gratas mamadas para que primero me meara y más tarde eyaculara en su boca antes de ducharnos y vestirnos. Al terminar de desayunar dimos un buen paseo para espabilarnos y después me llevó a una playa nudista en la que, viendo pasar por delante de mi a tanta mujer “macizorra” desnuda y algunas dotadas de unas “cuevas” vaginales abiertas y jugosas, el pene se me puso totalmente tieso. Ana Rosa estuvo pendiente de ello por lo que no tardó en “aliviarme” haciéndome una paja sin importarnos que, cuándo eyaculé, nos estuvieran mirando unas cuantas personas de ambos sexos. Por la tarde, después de dormir una reconfortante siesta, decidimos volver a la misma playa y nos dedicamos a buscar a parejas en “plena acción” y aunque nos encontramos a varias haciéndolo a la vista de todo el mundo, la mayoría se escondía entre las rocas y existía bastante actividad homosexual. Un día dimos con un nutrido grupo de jóvenes de diversas nacionalidades inmerso en una frenética actividad sexual. Ana Rosa no se opuso a que me uniera a ellos y a pesar de no entenderme con la mayor parte de sus integrantes a cuenta del idioma, conseguí cepillarme vaginalmente a dos chavalas extranjeras, a una de las cuales que debía de ser alemana la eché dos polvos, antes de dar por el culo a una joven española que, a pesar del dolor, de que no se encontraba demasiado cómoda a cuenta de las dimensiones de mi picha y de que tardé bastante tiempo en eyacular, supo sacarme la lefa de maravilla. Mi amiga me indicó que tenía plena libertad para volver a follármelas al día siguiente, cosa que no hice, siempre que en cuanto termináramos de cenar nos olvidáramos de fiestas y saraos para encerrarnos en la habitación donde la encantaba que la atara de pies y manos a la cama y además de echarla unos cuantos polvos, la hiciera de todo hasta que acababa de vaciarla a través de un fisting vaginal con el que llegaba a sentir orgasmos realmente secos que la resultaban muy molestos e incluso dolorosos, pero que la ponían los pezones erectos y en orbita y las tetas bien prietas para que pudiera sacar buen provecho de su “delantera” mientras, agotada, exhausta y rota, se dormía aunque no la hubiera liberado de sus ataduras.



El resto de aquel periodo vacacional se desarrolló sin más variación que la que supuso el ir una madrugada a la playa nudista en donde, a pesar de que la oscuridad no nos dejaba ver con la misma nitidez que a lo largo del día, nos topamos con una actividad sexual desmesurada. Ana Rosa permitió que me recreara con aquello un buen rato pero, en cuanto consideró que tenía que tener unas ganas enormes de vaciar los huevos, me hizo volver a la habitación del hotel para poder “sacar jugo” a mi gran “calentón”.



Al regresar de aquel viaje Ana Rosa y yo decidimos pasar el resto del periodo vacacional con nuestras respectivas familias lo que nos obligó a separarnos cosa que, al principio, nos resultó bastante difícil. En el domicilio de mis progenitores y al igual que mis hermanos, me tuve que ocupar de distintas labores agrícolas con el propósito de, junto al dinero que había logrado ahorrar de lo que periódicamente me daba Nuria, poder reintegrar a mi padre la cantidad que me había adelantado para pasar esas tres semanas con Ana Rosa en la playa pero aquello no me resultó demasiado costoso sabiendo que tenía muy cerca a Inma, Maribel y Piedad con las que continuaba en contacto telefónico y con las que no tardé en volver a mantener relaciones sexuales puesto que Piedad, que disponía de coche propio, se ofreció para irme a buscar los viernes a última hora de la tarde y llevarme de regreso el lunes a primera hora de la mañana con la intención de que pudiera “darme el lote” y satisfacerlas durante el fin de semana. Conocía que Araceli había abandonado el grupo unos meses antes tras convertirse en una adicta a la zoofilia hasta el punto de, con la ayuda de su compañera de piso que era quien la había involucrado en ello, había adiestrado a dos perros para que la lamieran hasta la saciedad la almeja, se la tiraran tanto por delante como por detrás y poder chuparles la pilila con los animales boca arriba y abiertos de patas. Después y como nunca había confiado demasiado en los anticonceptivos orales, había decidido efectuarse la ligadura de trompas para que los canes pudieran echarla el semen en el interior del chocho sin que existiera la menor posibilidad de que un perro ó un hombre la dejaran preñada puesto que la mayoría de los fines de semana los pasaba en un curioso burdel en el que las féminas tenían derecho a elegir a sus clientes entre los varones que acudían allí con intención de cepillárselas lo que a algunos les daba un morbo especial. Gema, por su parte, sintiéndose engañada, cansada de mojarse esperando mi regreso y no estando muy segura de que lo nuestro pudiera llegar más allá del terreno sexual, no había tardado en abandonar su trabajo y su familia para comenzar una nueva vida en otro lugar. Pero Inma, Maribel y Piedad demostraron que me esperaban y con unas ganas tremendas después de llevar un montón de tiempo satisfaciéndose con las relaciones lesbicas que mantenían con cierta regularidad y con las que habían llegado a convertirse en unas golfas muy cerdas que, sin poner ningún límite a nuestros contactos, lo único que deseaban era que me las follara y a conciencia, una y otra vez. Inma, cuya madre había fallecido pocos meses antes, se convirtió en la protagonista por la gran cantidad de polvos que la eché, los innumerables orgasmos que alcanzó con sus espectaculares convulsiones pélvicas previas y las veces que se meó de gusto en cada una de las sesiones que mantuvimos. Maribel, conociendo la actividad sexual que desarrollaba con Ana Rosa y Nuria, no dejaba de aconsejarme que debía de impedir que llegaran a someterme sexualmente y que, llegado el caso, intentara “dar la vuelta a la tortilla” para pasar de ser dominado a convertirme en dominador. Esos dos meses resultaron realmente fructíferos y fértiles puesto que, como supe varias semanas más tarde, había dejado preñadas a Inma y a Piedad. Mientras la primera, que sufría una malformación uterina congénita y tenía serios problemas para engendrar, sufrió una hemorragia y perdió al feto pocos días después de que se confirmara su embarazo, me alegró mucho saber que había dejado preñada a Piedad que en uno de los viajes que efectuamos juntos me había indicado que estaba a punto de “pasársela el arroz” y que se sentía frustrada y sin que su vida tuviera demasiado sentido al no haber podido convertirse en madre puesto que, a cuenta de su supuesta esterilidad, su marido no había sido capaz de hacerla un “bombo” durante sus años de matrimonio para poder tener descendencia. La pretensión de Piedad me pareció de lo más loable y durante aquel verano muchos días me la tiré en dos ocasiones, echándola cada vez un par de polvos en el interior del coño e incluso, tras consumar el segundo, la extraía con rapidez la pirula para soltarla mi pis en el exterior de la seta intentando que mi esperma fecundara a alguno de sus óvulos lo que, echando por tierra su presunta frigidez, conseguí y por partida doble. Cuándo su marido se enteró, le costó bastante hacerse a la idea de que Piedad hubiera estado manteniendo relaciones sexuales con otro hombre pero, al final, decidió recibirlos como suyos con la misma alegría que ella.



Continuará.


Relato enviado el Lunes, 05 de Julio de 2010 y leido 40 veces.

 

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