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Enviado por GINECOLOGA. 355 puntos. Leido 34 veces
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Cuándo dejé a Mariano me dirigí a la residencia de estudiantes y me metí en mi habitación. No me apetecía estudiar por lo que me tumbé en la cama esperando que llegara la hora de cenar. Sin poder apartar de mi mente a Sara, que tendría unos diez años más que yo, consideré que podía tener un buen porvenir sexual con ella y lamenté no haberla pedido un número de teléfono para mantenernos en contacto. Más tarde me di cuenta de que, antes de darla por el culo, había mencionado a su marido y que, lo más seguro, es que tendría hijos y lo que menos me apetecía era que, por echarla unos cuantos polvos, pudiera romper su matrimonio y que, si las cosas se torcían, tendría que hacerme cargo de Sara y de unos críos que ni tan siquiera había engendrado. Pero tales pensamientos hicieron que mi rabo se mantuviera tieso y con el capullo abierto y en tal estado, me dispuse a bajar al comedor. En la escalera me encontré con Ana Rosa, más minifaldera, sexy y sugerente que nunca, que me indicó que acababa de finalizar su turno de trabajo y que quería proponerme que, desde aquel momento, pasáramos los fines de semana juntos en su domicilio haciendo realidad su mayor anhelo que era el que la diera repetidamente por el culo. Pensé que aquel estaba siendo un día maravilloso y sin dudarlo, me fui con ella. Al entrar en la vivienda nos dirigimos a su habitación donde Ana Rosa se desnudó rápidamente, se colocó a cuatro patas encima de la cama y me ofreció su trasero en pompa. Mientras me quitaba la ropa la joven no dejó de moverse como si ya la estuviera enculando y me comentó que quería que la perforara con mi verga por detrás puesto que estaba deseando sentir su grosor y largura dentro de su culo y disfrutar. Se la “clavé” entera sin tener el menor problema y tras las múltiples defecaciones que había logrado provocarme, llegué a encontrar de lo más gratificante y placentero el cepillarme a aquella guarra a través de aquel estrecho conducto mientras la chica, que no dejaba de pedirme que la insultara mientras me la follaba analmente de la forma más salvaje que pudiera, colaboraba moviéndose y apretando con fuerza sus paredes réctales contra mi chorra con lo que consiguió acrecentar nuestro mutuo placer. A pesar de que llegó a reconocer que, al tener un cipote tan duro, grueso y largo, aquella práctica sexual la producía un intenso dolor, lo soportó a la perfección sabiendo que, después de aquellos malos momentos iniciales, vendrían otros mejores llenos de gusto. La joven se hizo pis, en mayor ó menor cantidad, con frecuencia durante el proceso y al igual que Maribel me había explicado en su momento, me indicó que no podía evitar mearse a cuenta de la presión que ejercía mi nabo en su vejiga urinaria y el continuo golpear de mis cojones en su raja vaginal pero estuvo realmente fantástica hasta que, tras echarla dos soberbios polvos, me hice pis en el interior de su culo lo que originó que su caca se reblandeciera, liberara el esfínter y sintiera una imperiosa necesidad de defecar. Pero, de la misma forma que me había sucedido con las demás hembras a las que me había tirado por el trasero, la punta del pene se encontraba aprisionado en su intestino y aunque lo podía mover hacía adelante y hacía atrás y en círculos, no pude sacárselo hasta que, después de unos minutos de inactividad, perdió ligeramente su erección lo que incrementó la desazón de Ana Rosa al verse obligada a hacer grandes esfuerzos para retener su defecación que no encontraba por donde salir al exterior. En el momento en que se lo extraje la chica, sin hacer nada por moverse, evacuó delante de mí. Como aquello se convirtió en habitual, unos días la ponía un orinal debajo del culo para que la mierda se depositara en él y otros, cuándo la echaba más sólida en forma de bolas ó de largos “chorizos”, me comía buena parte de su defecación que llegué a considerar como un manjar exquisito con el que complementaba las delicias de su pis.
Después de aquella primera sesión Ana Rosa tuvo que visitar con frecuencia el “trono” a cuenta de un proceso diarreico que no la duró demasiado y la hizo sentir unas sensaciones realmente placenteras mientras vaciaba su intestino. En cuanto lo superó se metió en la cocina para preparar la cena que consistió en una sopa de sobre, unas tortillas francesas con patatas fritas y fruta. Una hora más tarde volvimos a nuestra actividad sexual y a Ana Rosa se la ocurrió que me tumbara boca arriba en la cama con las piernas dobladas sobre mi mismo. Como la posición no era muy cómoda, para que tuviera que aguantar me ató los pies a la cama y tras pasarme sus dedos por la abertura de la picha y tocármela y movérmela lentamente al mismo tiempo que me forzaba el ojete con un grueso consolador anal, se colocó boca abajo y procedió a introducirme varios dedos en el culo antes de que, al extraerlos, me lo comiera. La joven parecía que iba a volverse loca metiéndome su lengua lo más profunda que podía mientras me decía que apretara con todas mis fuerzas para facilitar la defecación. Aquello me llegó a resultar tan agradable que, aparte de tirarme unos cuantos pedos, la cogí con fuerza de la cabeza para obligarla a introducirme la lengua aún más profunda. A pesar de que fue bastante, no sé cuanto tiempo duró semejante comida anal pero lo que si que recuerdo es que, tras soltar varias ventosidades, llegó un momento en el que sentí que iba a eyacular sin necesidad de tocarme. Ana Rosa se debió de dar cuenta de ello y sin dejar de ocuparse de mi trasero, me movió muy despacio la pilila haciendo que, en pocos segundos, soltara chorros y más chorros de blanca y espesa leche que, además de en la sabana y en mi cuerpo, llegaron a depositarse en la almohada. Aún estaba soltando la lefa cuándo eché un par de chorros de pis y un poco más tarde y a cuenta de mi reciente eyaculación, apareció por mi ojete un grueso y largo “chorizo” que Ana Rosa, muy complacida, degustó integro tras depositarlo directamente con su boca a medida que iba saliendo. Después de chuparme la pirula, limpiarme el ojete con su lengua, liberarme de las ataduras y permitir que me levantara para poder desentumecer las piernas, la joven ocupó mi posición con lo que me permitía frotarla el coño con mi mano extendida al mismo tiempo que procedía a comerla el ano y aparte de tirarse un buen número de pedos, disfrutó de varios orgasmos tanto vaginales como anales antes de que se meara al más puro estilo fuente. La taponé el ojete con tres dedos para poder beberme casi entera su esplendida y larga micción y en cuanto la extraje los dedos con intención de continuar comiéndola el ojete, me encontré con la salida de unas cuantas bolas de mierda que no dudé en ingerir. Ana Rosa pretendía que siguiera con mi lengua dentro de su ano para que la sacara más pero lo que hice fue echarme sobre ella y “clavársela”, en aquella posición, por el culo con lo que conseguí hacerla vibrar de gusto hasta lograr que todo el cuerpo se la estremeciera ya que, mientras la enculaba, frotaba mis pelos púbicos y mi estomago contra su seta consiguiendo que alcanzara unos orgasmos impresionantes y echara unos cortos pero muy intensos chorros de pis que denotaban que estaba sufriendo pérdidas urinarias a cuenta de lo cachonda que se encontraba hasta que, sin tardar demasiado y cuándo empezaba a sentirse exhausta, la solté otra espléndida ración de leche dentro del culo con la que logré que acabara de empaparse tanto por delante como por detrás. En cuanto me fue posible se la extraje y la liberé de las ataduras para que se volviera a colocar a cuatro patas y con el culo en pompa con el propósito de introducirla de todo en el ojete, incluso un cigarrillo encendido para que se lo fumara, antes de que volviera a darla por el culo. Pero la joven, aunque intentaba colaborar, se encontraba con sus fuerzas un tanto limitadas por lo que decidí dejar de moverme, esperar un poco para sacársela y hacer que se acostara boca abajo abierta de piernas para colocarla mi miembro viril en el ojete, echarme de golpe sobre ella y metérselo hasta los huevos en un plan bastante bestial volviéndola a encular con movimientos muy rápidos e intentando perforarla todo el intestino, para culminar echándola otro polvo y una nueva meada que la provocaron una masiva defecación con la que puso la cama perdida de mierda por lo que, en cuanto se recuperó un poco, tuvo que cambiar las sabanas y si no llegó a manchar el colchón fue porque lo tenía cubierto con un protector.
Aquellas intensas sesiones sexuales se volvieron a repetir tanto el sábado como el domingo al despertarnos por la mañana, en que Ana Rosa aprovechó que amanecía con el pito como un autentico poste y que mi libido se encontraba al máximo lo que ocasionaba que mis eyaculaciones fueran algo más rápidas y después de comer y de cenar sin que, en ningún caso, dejáramos de realizarnos una mutua comida anal con las piernas dobladas sobre nosotros mismos y ocupándose la joven de hacerme algunas breves mamadas para asegurarse de que mi “tranca” se mantenía en las debidas condiciones ó de que iba a proceder a “clavársela” dura y tiesa, lo que motivó que el lunes estuviera como una autentica braga después de haberse pasado la noche bajo los efectos de un importante proceso diarreico que, unido a un amplio surtido de escozores y molestias anales, la imposibilitaron para acudir a trabajar ese día. Por mi parte, me encontraba bastante cansado y al haber dormido muy poco, se me cerraban los ojos lo que originó que, por la tarde, me echara una siesta de casi una hora durante la aburrida clase de Nuria.
Ana Rosa y yo decidimos mantener en secreto nuestra relación de los fines de semana para que no fuera ningún obstáculo de cara a que Nuria siguiera sacándome toda la leche que podía, a pesar de que los lunes me hubiera agradado “pasar” olímpicamente del sexo puesto que no respondía tan bien a los estímulos como el resto de la semana pero la profesora sabía darme plena satisfacción para que no me llegara a cansar tanto en las sesiones sexuales que manteníamos en solitario por la mañana como por la tarde acompañados por la guarda de seguridad que nos obligó a meternos aún más de lleno en el sexo guarro al ocuparse de provocarnos a diario la defecación a Nuria y a mí dándonos por el culo con la porra de su uniforme.
Continuará.
Relato enviado el Miércoles, 23 de Junio de 2010 y leido 34 veces.
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